21 de enero de 2018

Hellblazer de Peter Milligan 3 (de 3): Un memorable final para una cabecera mítica





Tras 25 años de historias ininterrumpidas, seguir contando relatos alrededor de la figura de John Constantine era una tarea hercúlea. Sobre todo, si tus predecesores habían sido escritores como Alan Moore -el padre de la criatura-, Jamie Delano, Garth Ennis, Warren Ellis, Brian Azzarello o Mike Carey, por nombrar a unos pocos de la caterva de grandes guionistas y estrellas que pasaron por la cabecera más longeva que ha tenido la línea Vertigo.






Pero si Peter Milligan en los dos anteriores volúmenes, descubría al lector que todavía quedaba mucho que contar acerca de Constantine, este tercer volumen final no le queda a la zaga. Dividido en cuatro sagas de entre 3 y seis ejemplares de duración, más un número unitario, Milligan continúa desarrollando e impactando al lector con esa extraña relación a cuatro entre Gemma, la sobrina de Constantine mortificada por la violación del doppelganger de su propio tío, Piffy, joven esposa de Constantine e hija de Terry Greaves, mafioso y tercera pata de esta historia a cuatro, culminando con un John Constantine al que su pasado y malas decisiones le harán sufrir lo que no está escrito.






Junto a este cuarteto donde Milligan se atreve a desarrollar asuntos tales como el maltrato e incluso la sombra del incesto, el inglés se saca de la manga, pero sin perder la credibilidad un nuevo miembro de la familia Constantine, que si quizá no es la historia más redonda del volumen, aporta sangre nueva a un título, cuya reinvención constante fue la clave de su éxito.






Milligan finaliza su fructuosa y larga etapa con una historia en tres partes, donde vuelve a enfrentar a Constantine con la sombra de la muerte. Milligan consigue engañar varias veces al lector, con un desenlace que se plantea desde las primeras páginas, pero que consigue llevar por diferentes derroteros para rematarlo con una bella página homenaje al personaje y al ingente talento que ha pasado por las páginas del mismo.








El volumen de la magnífica y completa edición que ha sacado a la luz ECC, se completa con un annual del propio Milligan e ilustrado por un atmosférico Simon Bisley y una más que interesante miniserie titulada “Ciudad de Demonios”, guionizada por Si Spencer, autor de la excelente y minusvalorada The Vynil Underground e ilustrada por el emergente y brillante Sean Murphy. La primera, una historia melancólica sobre los fantasmas y los errores del pasado y la segunda, una atrevida e irónica visión hacia los terrores del siglo XXI y sus dosis de paranoia y miedo al diferente. En definitiva, un volumen final que está a la altura de lo mejor que entregó una cabecera que se merece un puesto de honor en la historia del medio.

19 de enero de 2018

Los Archivos del Pentágono de Steven Spielberg: Oda a la integridad periodística























Con una carrera que abarca más de cinco décadas, Steven Spielberg ha demostrado con creces su habilidad como director todo-terreno al que ya no se le puede clasificar en una sola definición. Lo ha conseguido, a base de tesón y trabajo duro, convirtiéndose en uno de esos pocos directores que pueden hacer aquello que le place en cada momento y donde los éxitos y fracasos acumulados a lo largo de toda su carrera ya no influyen en sus proyectos o el desarrollo de los mismos.






Y de nuevo, como ya ha hecho otras veces, ha aprovechado el final de rodaje de una de esas superproducciones revienta taquillas basada en best-seller de éxito -en esta ocasión Ready Player One- para rodar un pequeño proyecto como es Los Archivos del Pentágono. Una película fundamental, preparada, rodada y montada en tan solo seis meses.






Fundamental, porque en una sombría época donde Donald Trump ha hecho caer a América en un pozo tenebroso de totalitarismo y fundamentalismo, no existe mejor momento que echar la vista atrás. En concreto, a otro periodo de la historia americana que no dejaba vislumbrar un futuro esperanzador: Nixon, Vietnam, el principio de los años 70 previo al Watergate.






Spielberg, que consigue una pieza de cámara, rodada casi exclusivamente en interiores, dejando de lado sus grúas grandilocuentes y sus miradas al infinito, se adentra en la redacción del Washington Post y su encrucijada entre el crecimiento y la quiebra, lo que tendría que hacer y lo que moralmente está obligado a hacer. Con el espíritu de los héroes morales de Capra y el estilo del cine de Pakula como Todos los Hombres del Presidente, Spielberg deja toda la fuerza de su oda a la integridad personal y profesional en su elenco de actores, liderado por unos espléndidos y contenidos Hanks y Streep y rematado por un elenco que es un quién es quién de los mejores interpretes que han salido de los mejores seriales televisivos de la actualidad. Y si en Todos los Hombres del Presidente, el interés recaía en la reconstrucción minuciosa de la información que Woodward y Bernstein iban recopilando y que hicieron caer a un presidente, en Los Archivos del Pentágono, el interés no recae en aquello que los informes de la guerra de Vietnam incluyen, sino en la importancia del periodismo de información, que no debe nunca caer presa de entidades o instituciones.








Es tal la fuerza de aquello que respira este último trabajo del director de Munich, que incluso el score de Williams queda en un segundo plano, entregando Spielberg una película cuya fuerza está en los acerados diálogos y un montaje clásico pero frenético al mismo tiempo, que aunque en sus compases finales derive levemente hacia algunos de los excesos sensibleros de Spielberg, estos no estropean una experiencia cinematográfica tan clásica como necesaria en estos momentos donde la libertad de los medios y su responsabilidad moral son más necesarios que nunca en estos oscuros tiempos que nos ha tocado de nuevo vivir. Como decía el comienzo de otra fundamental pieza de cine político como es JFK de Oliver Stone, el pasado es prólogo.

17 de enero de 2018

El Cuarto Mundo Volumen 3 de Jack Kirby: Dando un pasado y un sentido a un inmenso universo





















En el tercer volumen recopilatorio de la tan fascinante como irregular saga de El Cuarto Mundo de Jack Kirby, la fabulosa reedición supervisada por Mark Evanier, experto en Kirby y previamente ayudante del maestro, llega a un punto clave en su historia editorial. Para empezar, el trabajo de una de las cuatro series que englobaban el Cuarto Mundo, llega a su fin. Concretamente la serie dedicada a Jimmy Olsen, quizá la serie menos redonda de las cuatro publicadas, motivado por dos razones. La primera, las injerencias editoriales al tocar Kirby dos iconos de la editorial que anquilosados en una época pasada, lo que cortaba las alas al visionario autor. En segundo lugar, y entroncando con lo anterior, la incomodidad del autor originario de Brooklyn para desarrollar historias y personajes que no eran de cosecha propia.






Pero también este volumen contiene las que quizás son las dos mejores historias de la colección. La primera, un viaje a los orígenes del Cuarto Mundo, publicada dentro de la serie Los Nuevos Dioses y que entrega un background absolutamente perfecto para la multiplicidad de conceptos que exudaban todas y cada una de las páginas de su Cuarto Mundo y que, en palabras del autor, debía haber sido publicado mucho antes, para conseguir arraigar sus ideas en una gran parte de un público que estaba perdido en una obra muy adelantada a su tiempo.






Lo mismo ocurre en Mister Miracle, que contiene otro de esos ejemplares básicos para comprender la cosmogonía de El Cuarto Mundo y que cuenta los orígenes de dos de los personajes más atractivos del universo: Scott Free y Big Barda. En cambio, el cuarto y último título en liza, The Forever People, continua su errática trayectoria, con ejemplares que saben conectar con el movimiento hippie de la época y representado en estos jóvenes de Nueva Génesis que representan el futuro de la humanidad, por supuesto desde el punto de vista de la época, junto con otros que sin considerarse malos, lastran la historia que Kirby quería contar. Es el caso de la historia en dos partes, donde los jóvenes rebeldes de Nueva Génesis se encuentran con Deadman, el personaje creado por Arnold Drake y popularizado por un Neal Adams en los inicios de su carrera. De nuevo, Kirby, que no sabía decir que no a los mandatos editoriales, sufría por dentro el tener que trabajar con personajes ajenos con los que no sentía ninguna conexión.








En cuanto a la edición, de nuevo un ejemplo perfecto de restauración y diseño, donde el espíritu y el alma de Kirby se respira en cada página, junto a artículos previos y posteriores a la lectura de las historias, que complementan y alimentan aquello que Kirby lanzaba al lector en gloriosa cuatricomía.

15 de enero de 2018

Batman Creature of the Night de Kurt Busiek y John Paul Leon: Cuando la vida imita al arte y viceversa

En el año 2004, Kurt Busiek y un primerizo Stuart Inmonen, sacaron a la luz Superman Identidad Secreta. Una miniserie en cuatro volúmenes prestigio, donde los autores consiguieron hasta el momento el mejor trabajo de su carrera. La premisa, audaz y original, era reconstruir el mito de El Hombre de Acero -narrado y reinventado una y otra vez- y convertirlo en algo nuevo y fresco. La manera, un ejercicio donde los límites entre realidad y ficción se fusionaban y donde el personaje de la historieta veía reflejada su vida y el personaje, sus orígenes, desde dentro de las páginas del tebeo.






Ahora, trece años después, Kurt Busiek -esta vez sin Stuart Inmonen, pero con un atmosférico John Paul Leon- trata con gran éxito de reinventar el otro gran origen e icono del mundo del cómic. El resultado, con solo dos ejemplares (de cuatro), editados hasta el momento, es de nuevo magistral. Porque, ¿cuántas veces hemos visto o leído los orígenes del Hombre Murciélago? Y pocas veces, tras la lectura de estos dos primeros volúmenes de la miniserie, se ha hecho con tanta frescura, originalidad y talento.





Busiek narra la historia de un chico obsesionado con el personaje creado por Kane y Finger, y que por casualidades de la vida, vive el mismo via crucis que el huérfano millonario de Gotham. Así, tras la tragedia, este Bruce del mundo real, comienza a vivir una vida similar a la del personaje de las viñetas, con la diferencia de que comienza a recibir las visitas de un espectro con forma de murciélago al que tanto el protagonista de la historia, como el lector, duda de su verdadera existencia.







En paralelo, Busiek y Leon entregan página tras página que pueden situarse entre las mejores entre cientos de miles de páginas dedicadas al personaje, en un tebeo que se disfruta, tanto por la nueva historia que nos está contando, como por los miles de detalles y guiños que el historiador que es Busiek, integra en las páginas del tebeo, reproducidas con elegancia y atmósfera, por un autor tan brillante y tan poco valorado como es John Paul Leon.

13 de enero de 2018

The Disaster Artist de James Franco: Tragicómica oda a los perdedores




















¿Dónde está la frontera entre el genio y el excéntrico?¿Quién decide la genialidad?¿Puede un autor proteger aquello que quiere expresar, o es esclavo de la recepción del público? Todas y cada una de estas cuestiones son planteadas en The Disaster Artist, dirigida y protagonizada por James Franco, que al igual que el Ed Wood de Tim Burton, entrega una carta de amor hacia el negocio del arte y el cine, describiendo el tortuoso camino de otro “peor” director de la historia del cine.






Tommy Wiseau -la figura protagonista del biopic. estrenó en el año 2003 la película The Room, dirigida, escrita, protagonizada y producida por él. Un despropósito, que como le ocurrió en los años 50 a Ed Wood, acabó convirtiéndole de hazmerreír de la industria, a objeto de culto en sesiones de medianoche para cinéfilos con gusto por el trash. La película de Franco, rodada con un estilo documental, nos muestra sin juicios de valor, la travesía por el desierto de dos amigos, de dos outsiders de una industria que no les acepta, la posibilidad de crear de cero su sueño, quizá algo más importante que el éxito y el reconocimiento.






James Franco y su hermano Dave, interpretan a Wiseau y Greg, dos parias del Hollywood de los 90, con más ganas que talento, que pretenden convertirse en alguien en la ciudad de las estrellas. El primero, en un auteur. El segundo, más preocupado de ser una estrella. Una pareja que de nuevo guarda parecidos con la formada por Ed Wood y Bela Lugosi en la película de Burton. Y si Depp y Landau bordaban sus interpretaciones, lo mismo puede decirse de los hermanos Franco, sobre todo de James, que consigue un asombroso trabajo al transformarse tanto interpretativa como físicamente en ese nuevo Ed Wood que es Tommy Wiseau.





Franco disecciona, al igual que Burton, la meca del cine, transformando formalmente la película en una radiografía del Hollywood de finales de los 90, pero sobre todo cargando las tintas en la tragicómica vida y amistad entre dos individuos que se dejaron cegar por los neones de Hollywood, uno queriendo convertirse en un nuevo Orson Welles y el otro creyendo que las leyendas como James Dean nacen únicamente deseándolo.








Canto a los perdedores, pero también a los soñadores, Franco mima a sus criaturas, entregando pequeños momentos intimistas, donde el espectador es capaz de entender que aunque patéticos y risibles, tanto los protagonistas como su intento de proeza, merecen la pena ser reconocidos. De nuevo, como nos mostraba con emoción y acierto Tim Burton en Ed Wood, entre el genio (Welles) y el excéntrico (Wood) existe una delgada línea en la que a veces, es difícil encontrar la diferencia.

11 de enero de 2018

Marvel Legacy de Jason Aaron, Esad Ribic y VV.AA.: Intentando devolver el brillo al universo Marvel




Si hay algo que se le debe achacar al universo Marvel actual es, quitando casos puntuales, la intención de crear historias que pasen a la posteridad. El motivo: decisiones editoriales que acometen reinicios y nuevos puntos de partida cada nueve meses/un año y que no permiten desarrollar conceptos a priori interesantes, pero que quedan dilapidados por pasos atrás y nuevos comienzos que tienen la misma fecha de caducidad que los que les precedieron. 






Y así lleva el universo Marvel muchos años. Iniciativas, Edades Heróicas, Marvel Now, All New Marvel Now…. y así hasta el infinito. Y han habido muy buenos tebeos, muy buenos puntos de partida y muy buenos equipos creativos, pero al final todo ha quedado en agua de borrajas, con los tan repetidos coitus interruptus narrativos y editoriales, cuya única razón de ser ha sido entregar nuevos números uno, e intentar inundar el mercado para acabar con una competencia que hacía exactamente lo mismo. 






Pero el mercado ha hablado y a Marvel no le van tan bien las cosas como hace 10 años, al menos en su sector de las viñetas. Parece que al mirar atrás, en apariencia se han dado cuenta, que los tebeos que mejor han funcionado, han sido aquellos que no han recibido vaivenes editoriales cada nueve meses. Y el mejor ejemplo de esto ha sido el Thor de Jason Aaron, en una etapa que lleva ya más de cinco años y que quizá sea la mejor serie regular que ha tenido el universo Marvel en estos tiempos editoriales convulsos. 






Por lo tanto, quien mejor que Aaron -autor que sabe aunar riesgo, modernidad y respeto por los clásicos- para dar comienzo a un nuevo punto de partida que mire al futuro, pero con la intención de crear clásicos perdurables y no meros artefactos de mercadotecnia. Y así, Aaron plantea en las cinco primeras páginas de este nuevo punto de partida, uno de los conceptos más atrevidos, originales e interesantes de los últimos tiempos Marvelianos: Los Vengadores de la Prehistoria. Un equipo, del que no desvelaré sus integrantes, pero cuyas raíces provienen de la mitología más ancestral del universo Marvel y que abarca los distintos géneros que la Casa de las Ideas ha tocado a lo largo de más de seis décadas. 






Este especial denominado Alpha, no se queda solo en eso, sino que plantea, como todo especial de arranque de nueva etapa, pequeños fragmentos de aquello que les espera a los lectores en los próximos meses. Resurrecciones, búsquedas de los orígenes del universo editorial, preponderancia de personajes secundarios u olvidados que se sitúan en primera línea del frente y en conjunto, una sensación de trascendencia e importancia que da pie a buenas sensaciones para este Legacy. 






Por supuesto, esto solo es un especial y un punto de partida atractivo. El resultado final lo veremos en la caterva de equipos creativos y editoriales que se harán cargo de cada uno de los títulos de una Marvel que necesita entregar de nuevo, el tipo de historias que hacen vibrar y emocionar a sus fieles lectores para que cada mes vayan a la búsqueda de su nueva dosis a las librerías especializadas. Eso lo conseguirán no solo con grandes historias, sino con grandes editores que sepan desarrollar estas historias y no se quede en un evento estacional que explota en sus primeros ejemplares y acaba languideciendo en los últimos, sino en tebeos que creen afición y que el paso de los años los convierta en leyendas. Esa es la única manera de construir un legado.











9 de enero de 2018

Perfectos Desconocidos: Un De La Iglesia menor























Escasos ocho meses después del estreno de El Bar -uno de los trabajos más equilibrados de De La Iglesia en relación a sus pretensiones, ambiciones y resultados- llega Perfectos Desconocidos, un nuevo trabajo producido por la maquinaria mercadotécnica de Mediaset y que está convirtiéndose en uno de los mayores éxitos del director, puede que el mayor desde La Comunidad.






Si en El Bar, Alex de la Iglesia diseccionaba la mezquindad humana en un entorno cotidiano y de extraños, que se transformaba en una absoluta pesadilla que daba lugar a la aparición de lo que todos esconden bajo una superficie civilizada, aquí el experimento se convierte en una humilde y pequeña pieza de cámara, donde el móvil, el fin de la privacidad y las mentiras, se plasma en un grupo de amigos de la infancia, que llevan una adultez repleta de hipocresía y falsa felicidad, cuyo epicentro se plasma en esos aparatos que han esclavizado a la mayor parte del mundo civilizado, caja de pandora de los secretos más vergonzosos de la intimidad humana.





De La Iglesia saca el mejor partido de algunas de las caras más conocidas del star system español, como Ernesto Alterio, Belén Rueda, Pepón Nieto o Eduardo Noriega, a través de la exageración de los rasgos que el público mayoritario conoce de ellos y con los que han construido dichos intérpretes su carrera artística, creando una sensación de falsa seguridad al espectador medio, reforzado por una puesta en escena que evita los geniales excesos del director y que como resultado es capaz de alcanzar a una mayor parte de los espectadores posibles, espantados en muchos casos, con trabajos más rompedores como Balada Triste de Trompeta. El problema, que De la Iglesia, aunque en algunos momentos mantiene su conocida mala baba y su visión pesimista de la condición humana, no consigue en su acto final llevar al extremo su particular punto de partida, entregando una resolución que puede descolocar al público general y dejar insatisfecho a sus incondicionales, máxime cuando de nuevo introduce su obsesión del fin del mundo global, en paralelo a la descomposición de un entorno privado, que esta vez nunca llega a casar o integrarse en la trama principal.








Por lo que estos Perfectos Desconocidos se acaba convirtiendo en un correcto trabajo menor en la carrera del cineasta. Un juguete que no será recordado como una de las cumbres de su excelente carrera, pero cuyo rédito comercial le permitirá al cineasta seguir acometiendo sus proyectos más arriesgados y costosos y que lamentablemente, debido a su visión tan personal y desgarradora, en los últimos años no han conseguido llegar a una gran mayoría del público, como si lo consiguieron en su momento, títulos como El Día de la Bestia o La Comunidad.
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