20 de febrero de 2018

Barbara de Mathieu Amalric: Bienvenidos al antibiopic



















El cine es el arte del engaño y la representación, haciendo creer al espectador a través de dos horas de proyección, que aquello que está observando es la “realidad”. El biopic, es decir, el traspaso a la pantalla de una figura histórica, ya sea Jim Morrison, Ghandi, Oskar Schindler o Jackie Kennedy, rodea al trabajo de una aureola de realidad, de que aquello ocurrió tal cual es proyectado en la pantalla. Es un acuerdo tácito entre realizador y espectador, que da como resultado una tergiversación y manipulación de la realidad, consiguiendo incluso que las formas entre representador y representado se diluyan. 






Mathieu Amalric, director de Bárbara, da un salto al vacío con una nueva manera de trasladar a la pantalla la biografía de Barbara, una chanteuse francesa que consiguió convertirse en referente de una nueva generación de cantantes, dentro del movimiento Nouvelle Chanson. La forma, romper el artificio en la propia ficción proyectada ante el espectador y convertir la obra en un ejercicio metalingüístico, donde el director enseña las tripas de su adaptación de la vida de la cantante, su obsesión hacía ella y los motivos por los que realiza la obra. 






No es casualidad que el primer plano de una obra tan interesante en principio, como irregular en su resultado final, nos descubra el reflejo en la superficie del piano de la cantante: original y representación. Un juego de espejos que oscila entre lo memorable -la interpretación de Jeanne Balibar- y lo repetitivo, una vez el truco es presentado sin trampa ni cartón ante el espectador, Amalric, al igual que su representación en el filme, no sabe transmitir al espectador aquello que está intentando formular a través de sus imágenes, quedando un filme irregular que no se define ni como ejercicio metalingüístico, ni como biopic, ni como reflejo de las obsesiones del creador, finalmente fallando en cada una de sus partes.

18 de febrero de 2018

Dark Nights Metal 4 de Snyder y Capullo y Dark Nights: Hawkman Found de Lemire y Hitch






Tras un mes de sequía en la serie regular del mejor evento superheróico -al menos por el momento- que ha salido de la factoría de DC Comics en estos últimos años, llegan a las librerías dos ejemplares de la misma: El cuarto ejemplar de la serie central y un número especial, dedicado al desaparecido Hawkman, que junto a Batman, son las principales piezas del evento. 






En relación a la serie central, Snyder de nuevo voltea lo que el lector conoce del universo DC, adentrándose hasta el fondo de su mitología, consiguiendo, con otra pirueta que en manos menos capaces acabaría en el fondo de las buenas intenciones malogradas, sorprender de nuevo al lector con su puesta a punto del origen del Multiverso, El Monitor y su némesis el Antimonitor, entremezclándolo con el Morfeo salido de la brillante mente de Neil Gaiman. 






Si este acontecimiento presenciado por los dos iconos de DC llena la gran parte del ejemplar, el resto sirve para que Snyder, acompañado por un muy inspirado Greg Capullo, esboze las múltiples líneas paralelas formadas por un conjunto de team-ups que le sirven de nuevo a Snyder para demostrar las grandes posibilidades que el universo DC sigue atesorando en su interior. Solo hacía falta un escritor con talento e imaginación. Scott Snyder ha demostrado que las tiene. 






En cambio, Jeff Lemire y Bryan Hitch no están muy inspirados en el especial Hawkman Found, que como el anteriormente dedicado al hombre murciélago, Batman Lost, no son meros tie-ins, sino que son fundamentales para entender la historia central. Lemire entrega un tebeo que se apoya demasiado en el anteriormente espectacular Hitch, que cada día está menos inspirado y más vago, para contarnos que ha ocurrido con Carter Hall tras su desaparición y su sorprendente aparición al final del cuarto ejemplar de Dark Nights Metal, sin conseguir transmitir la epicidad, misterio y magia que por ejemplo Batman Lost o cualquiera de los ejemplares aparecidos de Metal, en un tebeo importante para la lectura del evento, pero artísticamente prescindible.

16 de febrero de 2018

La forma del agua de Guillermo del Toro: Fallida alegoría política bajo la forma de un cuento de hadas




















Los monstruos en el mundo real existen. Pero no son iguales que los monstruos de la ficción. Quizá si lo sean cuando se es un niño -más como mecanismo de defensa que otra cosa- para poder mantener una visión inocente de un mundo que no lo es tal. Así lo vislumbró Guillermo del Toro en su excelente El laberinto del fauno(2006), una película que guarda muchos parecidos con esta La forma del agua (The Shape of the Water, 2017) que nos ocupa. 










El laberinto del fauno, continuación apócrifa de ese estimable El espinazo del diablo (2001), se servía del relato de horror gótico para enseñar al espectador los horrores del totalitarismo en una España presa de la dictadura de Francisco Franco. A través de los ojos de una niña, el relato -que mezclaba ficción y realidad- nos presentaba a unos personajes que en otro momento -el villano unidimensional protagonizado por Eduardo Noriega en El espinazo del diablo- serían mera caricatura o sátira, representado en el personaje interpretado por Sergi López. 










En La forma del agua, Del Toro nos habla de la nueva era de las tinieblas que viven los Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump -al igual que Spielberg nos habla de la era Nixon para lo mismo en su excelente Los archivos del pentágono (The Post, 2017)- a través de la américa paranóica del senador McCarthy, su caza de brujas y el miedo al comunismo y al terror “rojo”. Del Toro, partiendo de una de las cult movies más míticas de ese período histórico -La mujer y el monstruo (Creature from the Black Lagoon, 1954, Jack Arnold)- nos enseña una américa donde el diferente, ya sea por raza, sexualidad, pensamiento o especie es perseguido y reprimido, mientras los wasp, representado en el tan histriónico como carismático personaje interpretado por Michael Shannon, viven un sueño americano que solo lo es en la superficie. 










El problema, que Del Toro no tiene las habilidades para ir más allá de un estimable discurso y que sus intentos de satirizar quedan muy por debajo de aquello que pretende denunciar. Y así, este relato de amor entre dos outsiders, queda dilapidado por un guión algo peregrino, donde la por otra parte fastuosa puesta en escena de Del Toro, comienza a convertirse en un deja vú constante, en una película manierista -esa excelente pero caprichosa huída al cine musical- y donde Del Toro acaba siendo presa, al igual que el actual Tim Burton, presa de su propio estilo, algo que ya se veía venir en la correcta pero algo repetiviva, La cumbre escarlata(Crimson Peak, 2015).

13 de febrero de 2018

Guardianes de la Galaxia de Gerry Duggan: Perfecta fusión de clasicismo y modernidad


























Durante la larga y poco inspirada etapa de los Guardianes la Galaxia aparecida en los albores de Marvel Now! y que fue escrita por Brian Michael Bendis, ocurrió lo inesperado: su adaptación cinematográfica, a manos de James Gunn, fue un éxito rotundo, convirtiéndose sus personajes en ídolos más allá de sus fronteras de papel e iconos de un universo cinemático que estaba engullendo a marchas forzadas a sus contrapartidas originales. Casualmente, la marcha de Bendis y la llegada de Gerry Duggan en tareas de escritura coincidió en el tiempo -en su edición original- con la llegada de la secuela cinematográfica, una vez más, de la mano de James Gunn.






Por ello, no es extraño que Duggan haya acercado, aún más si cabe, los parecidos entre la versión original y su traslación a la gran pantalla, en un intento de acercar a nuevos lectores hacia una aproximación lo más certera posible de lo que se han encontrado en la gran pantalla. Pero más allá de esas consideraciones meramente comerciales, el acierto de Duggan -al igual que ya ocurrió en sus Imposibles Vengadores- ha sido devolver al entorno cósmico de Marvel -de la que estos Guardianes es su máximo exponente- ese aroma perdido en la etapa de Bendis.






Porque Bendis perdió la oportunidad de expandir los límites cósmicos del serial, dando vueltas alrededor de una misma idea y no sabiendo explotar un área del universo Marvel más que interesante e infravalorada, hacia entornos donde el creador de Jessica Jones se encontraba más cómodo. Por lo que Duggan arranca su etapa con unos Guardianes en su momento más bajo, a punto de la disolución y que van a hacer un último trabajo para seguir cada uno con sus vidas. Y lo que parece un mero trámite, se convierte en el prólogo de un conflicto, que se retrotrae a las consecuencias, nunca bien explotadas, de las Secret Wars de Hickman, además dejando vislumbrar en un futuro cercano, lo que será el próximo gran evento Marvel, centrado en Thanos y las gemas del infinito, de la que esta vez si, Los Guardianes de la Galaxia tendrán mucho que decir.






Este primer capítulo de esta nueva etapa de los personajes se ha dividido en doce entregas quincenales, donde Duggan ha sabido equilibrar -saltando atrás y delante en el tiempo de una manera completamente orgánica- la trama principal, junto con episodios centrados en cada uno de los protagonistas de la función. Gráficamente, esto también ha servido para darle un respiro a Aaron Kuder, un artista con claras influencias de Frank Quitely mezclado con Kevin Maguire, que ha podido descansar de las responsabilidades de una serie regular con cadencia quincenal, gracias al trabajo de autores tan interesantes como Frazer Irving, Greg Smallwood o Chris Samnee, por citar a unos pocos, cuyo estilo ha servido también para demostrar la versatilidad narrativa y tonal tanto de Duggan como del serial.








Por lo que habrá que seguir con atención esta nueva encarnación de los Guardianes de la Galaxia. Un título que más allá del legado de Bendis y las influencias de su versión cinematográfica, ha conseguido convertirse en tan solo doce ejemplares, no solo en una de las series regulares imprescindibles de la actualidad marveliana, sino en un tebeo cuya humildad va pareja a un clasicismo modernizado que demuestra el camino que debe seguir la editorial para devolver la fe en un universo, que salvo casos puntuales, se encontraba en una crisis creativa y editorial ligeramente alarmante.

11 de febrero de 2018

The Florida Project de Sean Baker: Reflejos y realidades del sueño americano





















Disneyworld. La quintaesencia del american dream y el lugar aspiracional de una América que sigue persiguiendo un ideal inalcanzable, aunque todo lo que les rodea sea un lodazal del que no se puede escapar. Esa idea, se convierte en algo tangible en The Florida Project, el nuevo largometraje de Sean Baker tras Tangerine. Una obra donde la mirada inocente e infantil de unos niños que viven en unos hostales colindantes al Disneyworld del estado de Florida, le sirve al autor para entregar al espectador un drama sin moralejas.






Ese mundo infantil de niños pertenecientes a familias destruidas, navegan por un universo donde los adultos que les rodean tampoco les sirven como agarraderas emocionales para avanzar en una vida adulta que se les escapa de las manos. Pero en cambio, como el sueño americano, viven su desgracia no comprendida, al menos conscientemente, rodeados y embaucados por un mundo de colores chillones, que intentan reflejar sin éxito, las luces y supuesta felicidad del famoso parque de atracciones, tan artificial y falso como esa vida que aspiran a vivir.








Baker, a través de largos planos que acompañan a sus protagonistas casi de la mano y un libreto que no sigue las estructuras clásicas de la narración convencional, le sirve para plasmar un universo adulto degradado y pesimista, que al igual que Verano 1993 de Carla Simón, no está ausente de dureza, pero presentándose desde una perspectiva que no busca el sensacionalismo barato y sugiriendo a través de la puesta en escena, una gama cromática que le sirve para diferenciar y potenciar el enorme plantel de un mini universo donde los simulacros de lo real ahogan a unos individuos representados como si fueran pequeñas miniaturas que deambulan sin orden ni concierto entre todo aquello que se vendió como el sueño americano y del que solo queda una réplica de todo a cien.

9 de febrero de 2018

Wonder Woman de George Perez 2 (de 2): Estimable final de etapa como autor completo





















Si hubiera que definir la etapa de George Perez en Wonder Woman -y donde este volumen concluye su labor como autor completo- sería humana e inocente. Porque Diana mira al mundo de los hombres- e igual el lector- a través de unos ojos que no han conocido el mal, la miseria o la mezquindad. Es por ello que quizá el relato más interesante de este segundo recopilatorio sea “¿Quién mató a Mindy Meyer?”






Si ya habíamos vislumbrado que el personaje de Meyer -publicista de éxito y relaciones públicas de Diana- no era todo luces y si muchas sombras, en este episodio auto-conclusivo, Perez se atreve a llevar el relato a zonas grises que los tebeos de los 80 -a no ser que fueran Suggested for Mature Readers- no se habrían atrevido a llegar, al igual que en la historia de origen de las amazonas donde Hércules violaba a la madre de Diana, correspondiente al primer ejemplar de esta etapa.






Ese equilibrio entre lo mitológico y lo humano es quizás el mayor valor de la etapa Perez, representado en los personajes de Julia Kapatelis y su hija, tan o más protagonistas que la propia Diana. Eso no quita para que el componente fantástico y mitológico quede más que bien representado en relatos como el de la introducción de Circe, el exilio de los Dioses o la caída en desgracia de Hermes.








Quizá el mayor pero que se le podría achacar a Perez en su labor como guionista es su excesiva farragosidad en algunos pasajes. Un defecto que lógicamente proviene de su escasa experiencia como guionista, sin la ayuda de Len Wein, como ocurría en los primeros ejemplares de su etapa. Pero eso no empaña un trabajo que consiguió ofrecer un mundo compacto para un personaje que era más icono que personaje de ficción y que entre la salida de Marston en los años 40 y la llegada de Perez a mediados de los 80, había languidecido en las estanterías, sin que ningún autor supiera que hacer con ella. Sin olvidar que Perez se atrevió en los años 80, a entregar quizá el primer tebeo feminista mainstream, con perdón de los personajes femeninos de la Patrulla X de Claremont.

7 de febrero de 2018

El Hilo Invisible de Paul Thomas Anderson: Fascinante ejercicio de glamour gótico
























Paul Thomas Anderson ha conseguido, con tan solo ocho películas, convertirse en uno de los autores con mayúsculas del cine de la actualidad, además de convertir cada uno de sus estrenos en cita inexcusable para todo amante de la narrativa cinematográfica. Cineasta inusual, cuya evolución pasó de excelentes trabajos reminiscentes de Scorsese o Altman, a autor con voz propia y estilo característico a partir del nuevo siglo con títulos tan sugerentes como The Master o Puro Vicio, donde el género le ha servido a Anderson para crear un corpus cinematográfico completamente personal.






Y tras su repaso a la reciente historia americana, Anderson se traslada a la Inglaterra de los años 50 y al mundo de la moda, encarnado en un reflejo de Balenciaga y otros modistos de la época. Pero no nos equivoquemos. El mundo de la moda, su glamour y su elegancia, al igual que la puesta en escena, es solo una excusa para adentrarnos en un relato con tintes de terror gótico, encubierto como historia de amor. Porque la relación entre el traumatizado modisto interpretado por un contenido y brillante Daniel Day Lewis y su musa Alma, es representado ante una puesta en escena, donde el equilibrio, las simetrías visuales y el ritmo pausado y estable de la narración corre en paralelo a la ebullición interna de unos personajes impregnados de oscuros secretos y traumas y rodeados de relaciones de dependencia malsanas que van atrapando tanto a sus cuerpos y mentes, como a los espectadores, en una telaraña tan serena y apacible, que solo cuando es demasiado tarde, pueden darse cuenta, tanto personajes como espectadores, que ya no pueden huir de ella.






Anderson, con una bella que no preciosista puesta en escena, bebe de un sinfín de referencias cinéfilas, pero sin caer en el burdo homenaje, consiguiendo que sean estímulos y reverberaciones, más que guiños y necesidades, dotando a su obra de un aura fantasmagóricamente bella, tan delicada como peligrosa. Una obra que solo tras caer seducido ante ella y con el paso de las horas y los días, descubrirá a su espectador embaucado, que todavía no ha sido capaz de escapar de su hechizo.
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